24 de julio de 2007

ANTONIO OYARCE / Santiago / Sección 02


En el centro de la ciudad de Santiago, sin mayor esfuerzo se aprecian enormes edificios que se elevan en las alturas, encerrándonos y privándonos de la libertad de apreciar de nuestro entorno natural. Estos edificios toman posesión del suelo dejando angostos pasajes para movilizarse. Las personas frente a estos enormes bloques de cemento se transforman en pequeños individuos que se son indiferentes, con formas orgánicas al lado de las líneas ascendentes de los edificios. También sus opacos colores provocan una ambiente amargo ante la vista de los trabajadores que se sienten cansados y estresados. Habitualmente, las escasas plazas o áreas verdes se convierten en un espacio de descanso para las personas, otorgándoles un ambiente más agradable en cuanto a lo visual. Las plazas están llenas de formas orgánicas, en los animales, humanos y arbustos.
Gran parte de las personas se movilizan a sus hogares por medio del metro, el cual este último tiempo se ha convertido en un lugar que no les es muy agradable a los ciudadanos, ya que los vagones del metro están llenos y la gente debe tolerar el encierro, poco aire, empujones, etc.

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